#Sitges2020 Crítica a Black Bear: La creación a través de la destrucción

17/10/2020 • JOSE SÁNCHEZ

Y llego el momento de ponerse filosófico en Sitges. Dicen los veteranos de los conflictos bélicos  –por lo menos en las películas– que al matar a un enemigo un pequeña parte de su alma muere con ellos. Puede ser que determinadas creaciones artísticas tengan su génesis en esta misma destrucción ya sea interna o física.

El mundo del arte está lleno de estos ejemplos, pero en muy pocas obras autorreflexivas, se exponen de una manera tan estimulante la exorcización de los demonios internos del autor como en este filme de Lawrence Michael Levine, quizás Spike Jonze en su genial Adaptation el ladrón de orquídeas, podría entrar en este selecto grupo, y es que Black Bear tiene mucho de la inteligencia, cinismo y complejidad del Kaufman mas impresionista.

Black Bear crítica - Sitges 2020

La cinta nos presenta a Alisson (Aubrey Plaza), una cineasta que decirse retirarse a una cabaña en mitad de las montañas a inspirarse para su nueva película. Allí conocerá a la pareja que regenta el lugar, Gabe (Christopher Abbott) y Blair (Sarah Gadon).

En una localización y solo a través de diálogos reconocibles, en donde cualquiera podría verse reflejado, el autor esboza temas como el daño que hacemos en nuestras propias relaciones, el antinatalismo que provoca las ausencia de fe en la sociedad o la esencia de lo que hace artista a un artista. En toda esta parte narrativamente convencional, pero muy efectiva, Levine consigue anclar en nuestra cabeza a los personajes para posteriormente dar una vuelta a la historia y jugar con ellos. Es en esta parte en donde empezamos a entender que es realmente lo que el autor nos quiere contar transformando la historia y planteando su idea personal de qué es la creación, como se crea y sobretodo el precio que hay que pagar por ello.

Black bear será odiada por muchos, incomprendida por casi todos y profundamente fascinante para unos pocos, pero solo por acercarse a una idea tan compleja y arriesgada merece la pena sentarse dejarse llevar.

#Sitges2020 Crítica a Black Bear: La creación a través de la destrucción

17/10/2020 • JOSE SÁNCHEZ

Y llego el momento de ponerse filosófico en Sitges. Dicen los veteranos de los conflictos bélicos  –por lo menos en las películas– que al matar a un enemigo un pequeña parte de su alma muere con ellos. Puede ser que determinadas creaciones artísticas tengan su génesis en esta misma destrucción ya sea interna o física.

El mundo del arte está lleno de estos ejemplos, pero en muy pocas obras autorreflexivas, se exponen de una manera tan estimulante la exorcización de los demonios internos del autor como en este filme de Lawrence Michael Levine, quizás Spike Jonze en su genial Adaptation el ladrón de orquídeas, podría entrar en este selecto grupo, y es que Black Bear tiene mucho de la inteligencia, cinismo y complejidad del Kaufman mas impresionista.

Black Bear crítica - Sitges 2020

La cinta nos presenta a Alisson (Aubrey Plaza), una cineasta que decirse retirarse a una cabaña en mitad de las montañas a inspirarse para su nueva película. Allí conocerá a la pareja que regenta el lugar, Gabe (Christopher Abbott) y Blair (Sarah Gadon).

En una localización y solo a través de diálogos reconocibles, en donde cualquiera podría verse reflejado, el autor esboza temas como el daño que hacemos en nuestras propias relaciones, el antinatalismo que provoca las ausencia de fe en la sociedad o la esencia de lo que hace artista a un artista. En toda esta parte narrativamente convencional, pero muy efectiva, Levine consigue anclar en nuestra cabeza a los personajes para posteriormente dar una vuelta a la historia y jugar con ellos. Es en esta parte en donde empezamos a entender que es realmente lo que el autor nos quiere contar transformando la historia y planteando su idea personal de qué es la creación, como se crea y sobretodo el precio que hay que pagar por ello.

Black bear será odiada por muchos, incomprendida por casi todos y profundamente fascinante para unos pocos, pero solo por acercarse a una idea tan compleja y arriesgada merece la pena sentarse dejarse llevar.